— ¿Por qué no entras al agua?
¿Para qué voy a entrar al agua?
— Para que te humedezcas.
¿Tú estás en el agua?
— Lógico. Tú estás en la superficie. ¿Por qué
estás en la superficie tanto tiempo? Hace calor.
Yo te veo seco.
— ¿Has estado en el agua? Te renuevas.
¿Te has bañado?
— ¿Por qué no entras al agua?
¿Cómo quieres que me bañe si estoy en el agua?
¿Estás vivo?
— ¿Vivo? Claro que estoy vivo. Estoy buceando. ¿Por qué no entras?
Ya entré.
— ¿A qué? ¿Al agua? No, por ahí no se entra. Tienes que entrar por allá.
Es que yo tengo otra puerta.
— Tú eres la hebrea, ¿no te acuerdas que estabas en la clínica? ¿En qué clínica estabas?
En ninguna.
— Tú eras la que pataleabas. ¿Te has revisado los períodos, los agasejas, los limórganos?
(mientras se rascaba el cuerpo)
¿Te pica todo el cuerpo?
— Son las abejas. ¿Tú no tienes abejas? Sí tienes. Si quieres hablar de negocios, también podemos hablar. Estás bajo la superficie. No entres mucho al agua. El agua va en un nivel que va subiendo
poco a poco.
¿Tú en qué nivel del agua estás?
— Tengo doce por ciento, cinco cuartos
y medio kilo.
¿Te llega a las rodillas?
— No. Medio kilo de arroz. O sea, media punta estitia. ¿Por qué no bajas?
¿A dónde?
— Acá donde estoy yo o entra al Hotel Sheraton, por ahí también se entra.
Lima, 1999
Ricardo Vélez está loco.
Tiene 42 años y vive de
lo que le dan diariamente los vecinos del barrio limeño de Santa Beatriz,
quienes lo llaman el muñeca
por sus ojos azules.
Siempre está de pie conversando solo. Anda por las calles con un costal que no deja nunca y que no permite que vean qué lleva dentro.
Ha viajado mucho.
Después de haberle tomado fotos durante tres días, grabé una de nuestras conversaciones.
O de sus conversaciones.
Lima, 2002
Lima, 1999
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